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La llamada ciudad roja, con los laberintos de sus zocos, sus murallas almorávides, sus regateos y palmerales y, sobre todo, con la explosión de vida y de talento que rezuma cada noche su plaza de Djemaa El Fna, se convierte en la más exótica de cuantas escapadas puedan emprenderse a sólo un par de horas de avión.
Esta ciudad-oasis de palmerales y estanques, el bastión bereber del sur de Marruecos, es decir, Marrakech la roja, ha sido siempre la preferida de los buscavidas y vendedores de lo invendible. Aunque fuera fundada en el siglo XI por los ascetas almorávides –paradojas de la historia para una ciudad de vividores–, la leyenda insiste en que cuando éste era apenas un sediento punto de paso en la ruta de las caravanas, una tribu llegada del Atlas se asentó en el lugar y de los dátiles que habían traído para subsistir en un lugar tan yermo brotó el frondoso palmeral de sus alrededores en el que hoy se disimulan hoteles de lujo y mansiones morunas de ricos y famosos. El saber popular jura también y perjura que cuando la Kutubia –el minarete de su mezquita más famosa– se levantó en el corazón de la ciudad, ésta comenzó a sangrar, tiñéndola entera. De ahí también que se le diga la roja a esta ciudad vibrante cuyo latido más hondo hay que pulsarlo en la Plaza de Djema El Fna.
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