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Durante el llamado Siglo de Oro de Pericles, el V a.C., Atenas se convirtió en la cuna de la civilización occidental. El teatro, la filosofía o la democracia dieron sus primeros pasos junto a la roca sagrada de la Acrópolis, el símbolo de Atenas y de toda una cultura que, desde las alturas de sus templos, observa la ciudad entera vibrar a sus pies.
La sombra de los dioses sigue acurrucada entre la monumental pedrería que atesora la más veterana de las capitales del mundo clásico. Atenas, que tomó prestado el nombre a la tan guerrera como amante de la sabiduría y la razón diosa Atenea, hizo suyos estos valores y los defendió a capa y espada ante sus enemigos. Sobre las ruinas que dejaron sus adversarios más temidos –los persas– fue reedificado en el siglo V a.C. el conjunto monumental de la Acrópolis, impulsado por el estadista Pericles y engalanado gracias al talento del escultor Fidias y los arquitectos Ictino y Calicrates.
Este promontorio rocoso alzado sobre 156 metros y de indudable valor defensivo ya estaba habitado desde mucho antes, pero fue a partir del periodo clásico, entre el 450 y el 330 a.C., cuando se erigieron sobre sus alturas los monumentos que han llegado a nuestros días: las grandiosas columnatas de los Propileos que servían de monumental acceso al recinto, el templo jónico de Atenea Niké que fuera alzado para celebrar la victoria contra los persas, y el Erecteión, con su Tribuna de las Cariátides y el honor de ocupar el lugar considerado más sagrado de toda la Acrópolis al creer los antiguos griegos que fue aquí donde Atenea hiciera crecer el olivo, símbolo de la paz y la prosperidad, que la diosa le regalara a la ciudad, arrebatándole su control con aquel gesto a Poseidón.
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