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Los precipicios que dibujan la espectacular geografía de los fiordos dan tanto vértigo que, antaño, los campesinos que se ganaban el sustento cultivando estas tierras norteñas no tenían más opción que atar con cuerdas al ganado y hasta a sus hijos pequeños para que, en un despiste, no se precipitaran a sus abismos. Estas profundísimas heridas abiertas en la roca durante el terciario dejan colarse tierra adentro el agua del mar a lo largo de kilómetros y kilómetros: exactamente de 204 en el caso del fiordo de Sogne, tan largo que casi parte en dos el país.
Como ríos salados, dilatados y profundísimos, los fiordos se abren paso entre paredes casi verticales, ramificándose en nuevas nervaduras flanqueadas por los riscos y recortando una y mil veces la costa occidental del país como una enrevesada filigrana. No hay dos fiordos iguales; cada uno despacha paisajes únicos y los vecinos de la zona hasta les atribuyen personalidad propia. Entre los favoritos, el más recogido de Geiranger presume de la rotundidad de sus cascadas mientras que el de Sogne, el más largo, lo hace de sus pueblitos de madera encajonados entre moles rocosas, de su ramillete de iglesias de herencia vikinga, de la inspiradora belleza de sus carreteras de montaña y el recorrido de su tren panorámico Flamsbana y, desde luego, de sus ramales más cautivadores: los fiordos de Fjaerlands, el Aurlands y, sobre todo, el Naeroy. Este último, tan puro y angosto, con sus aguas intensamente verdes, salpica sus colinas con esas cabañas de madera que tanto propios como extraños se apresuran a alquilar cada verano para paladear, instalados en ellas, la paz infinita que derrochan estos parajes por los que los vikingos atracaban sus velocísimos drakkars.
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