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Llegar a Trujillo y quedar boquiabierto nada más bajar del coche es cuestión de minutos. Han pasado más de cinco siglos y la riqueza que durante decenios trajo a la villa la aventura americana que emprendieron conquistadores trujillanos como Pizarro, Orellana o García de Paredes en Perú, el Amazonas o Venezuela se traduce en cada rincón en un edificio majestuoso que recuerda la hazaña de tan admirados hijos. No tiene más que situarse en la Plaza Mayor -presidida por la estatua ecuestre de Francisco Pizarro- para comprobarlo. Aquella que en otro tiempo se llamó plaza del Arrabal y albergó mercados, ferias y espectáculos, es hoy el centro de la ciudad nueva, un espacio amplio, desnivelado y con soportales en torno al cual se vive y se contempla la historia de la ciudad renacentista.
Para conocer su pasado más lejano, tiene que partir de la plaza y tomar cualquier camino ascendente que conduce a la ciudadela, asentada sobre el cerro granítico en el que despunta el castillo que los árabes levantaron allá por el siglo IX. Testigo de mejores épocas, el paso de los años ha ido diluyendo su carácter defensivo original y hoy da cobijo en su torre homenaje a la patrona de Trujillo, la Virgen de la Victoria.
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