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Siempre es buen momento para viajar al norte de Guadalajara, pero ¿por qué no este fin de semana? Se sumergirá en villas medievales de recio abolengo, pueblecitos escasamente poblados con ejemplares iglesias y un paisaje serrano sorprendente. Comience ya a hacer planes.
En otoño, antes de que el frío haga gélidas estas tierras del norte de Guadalajara, hay una ruta que nadie debería perderse. Discurre entre las villas medievales de Sigüenza y Atienza, en otro tiempo enclaves estratégicos y defensivos y hoy tranquilos pueblos donde perderse unos días y disfrutar al mismo tiempo de una buena gastronomía. Tras dejar atrás los campos de encinas de La Alcarria se llega a Sigüenza. La ciudad se adivina desde muy lejos, el castillo que la corona asoma mucho antes de entrar en ella; es el más fiel testigo de su historia, no en vano fue durante siglos residencia de los influyentes y poderosos obispos seguntinos, los auténticos señores de la ciudad. La villa es, en realidad, tres ciudades: medieval, renacentista y barroca. La más alta es la medieval y está presidida por la monumental fortaleza, obra de los visigodos sobre cimientos romanos, convertida en alcazaba por los árabes y residencia de la curia desde el siglo XII hasta el XIX. Le faltarán ojos para admirar todos sus encantos, ya que está plagada de rincones evocadores, que invitan a vagar pausadamente por sus callejuelas y a cambiar de rumbo en cada esquina. Hay iglesias románicas 朣an Vicente y Santiago, plazuelas con soportales, arcos, puertas de la antigua muralla y casas tradicionales, alguna de ellas insigne, como la del Doncel.
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