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Desde los caminos que bajan hacia el Alentejo, Monsaraz aparece a lo lejos, encaramada a un altozano, vigilando el valle del Guadiana, a un paso de la frontera con España y rodeada por murallas oscuras y pizarrosas. Su estampa es inconfundible. A un lado de la ciudadela se alza el campanario de la puerta del la Villa, y a otro, la torre del homenaje, que se yergue en el corazón del castillo medieval como señuelo del horizonte. Un tierno camino de olivos y alcornoques conduce al caserío. Entre las praderas que baña el Guadiana hay dólmenes megalíticos de aspecto fálico y estilizados menhires, levantados hace cinco milenios para idolatrar al Sol y a los astros.
Atravesar la puerta de la Villa es sentir una paz infinita: no hay un solo ruido; todo es tranquilidad y quietud; sólo se escucha el murmullo del viento. Alguien contará después que Monsaraz fue escenario de una cruenta guerra cuando fue tomada a los moros, allá por 1167. Y que padeció aún más cuando las tropas inglesas del conde de Cambridge la arrasaron dos siglos después por no recibir los emolumentos acordados con la Corona de Portugal y haber roto el compromiso de boda entre el lord inglés y la hija del Rey. Los años siguientes no fueron mejores. Perdida su condición de fortaleza, los vecinos bajaron a la llanura y marcharon hacia Regueros, abandonando casa y presencia.
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