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Mapa de situación.
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Pabellón Roubillón del palacio nacional de Queluz.
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Nadie podrá discutir los méritos artísticos de los palacios reales de Queluz y Mafra, especialmente del segundo, pero estos sitios principescos, colosales en magnitud y boato, dejan frío al que los contempla, por muy buena voluntad que se haya traído en la visita. Mediaba el siglo XVIII cuando el príncipe Pedro, hijo del Rey João V, encargó al prestigioso arquitecto Mateus Vicente de Oliveira convertir el viejo pabellón de caza de Queluz en un palacete rococó. Diez años tardó en concluir la fachada de gala, pero el terremoto de Lisboa de 1755 le obligó a dejarlo inconcluso y ocuparse de reconstruir la capital. El príncipe Pedro andaba encaprichado en su nuevo juguete e hizo llamar al arquitecto francés Jean Baptiste Robillion, que acabó convirtiéndolo en un monumento al más puro estilo versallesco.
Desde fuera, el palacio real de Queluz es una sucesión de melodiosas balconadas pintadas en tonos pastel. El salón del Trono recuerda la galería de los espejos del palacio parisino. Hay puertas falsas cubiertas de espejos venecianos, sillas de mérito y adornos de las mejores escuelas de decoración europeas. La sala de los Azulejos es hermosa y diáfana. Los azulejos policromados reproducen escenas ultramarinas cuando Brasil era provincia del Reino y los esclavos negros motivo exótico.
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