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Para visitar Saint-Emilion, lo mejor es dejar el vehículo y entrar por una de las seis puertas que todavía franquean el recinto amurallado. Un buen lugar para iniciar el paseo, después de pasar por la oficina de turismo, es el Château du Roi. Bajo la sombra de este macizo torreón, erigido en el siglo XIII, se descubre un privilegiado mirador desde el que se divisa la localidad en toda su extensión. El viajero tendrá ante sus ojos una villa de pequeñas casas doradas, por la que representan alargadas y empinadas callejuelas. Toda la trama urbana se organiza en torno a dos colinas que confluyen en la Place du Marché o Plaza del Mercado, con la inconfundible silueta en flecha del campanario que remata la iglesia monolítica. No se debe abandonar este singular observatorio sin maravillarse de la extensa panorámica, repleta de viñedos, bodegas y dominios, de los valles de la Dordoña y del Isle.
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