|
El nombre de este bello pueblo amurallado es un ineludible referente para los amantes del vino. Y no les falta motivos, ya que en sus bodegas se elabora algunos de los mejores caldos del mundo. La inconfundible silueta de Saint-Emilion es como una maqueta hecha por maestros ebanistas. El suave paisaje que lo circunda, poblado por un sinfín de viñedos y bodegas en los que se elaboran los vinos que dan fama internacional al lugar, es un anticipo de la riqueza que esconde esta localidad, declarada junto a sus vides Patrimonio de la Humanidad.
El pueblo, de antecedentes galorromanos, debe su nombre al monje eremita Emilion, que en pleno siglo VIII eligió este aislado emplazamiento del bajo valle de la Dordoña para aislarse del mundanal ruido. El futuro santo se instaló en una pequeña gruta que, poco a poco y aprovechando la blandura de la roca caliza, fue ampliando hasta convertirla en una ermita rupestre de planta de cruz griega. Con el tiempo, sus monjes seguidores añadieron al primitivo templo unas catacumbas para los enterramientos y una gran iglesia monolítica capaz de acoger a la ingente cantidad de peregrinos que acudían atraídos por la fama taumatúrgica del santo.
|