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En esta comarca catalana se puede disfrutar de bucólicos paisajes.
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El Carlit, la montaña más elevada de la comarca de la Cerdanya.
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Imagíneselo: cumbres montañosas que parecen rozar el cielo; pequeños pueblos de casas de piedra que se diría salidos de un cuento; pequeñísimas iglesias románicas, verdaderos tesoros artísticos integrados en un espectacular paisaje; grandes prados verdes donde pastan diseminadas vacas rubias conformando una estampa de bucólica postal, y cómo no, maravillosas estaciones invernales donde practicar el esquí o cualquier otro deporte relacionado con la nieve. Es la Cerdanya (Pirineo catalán), un paraíso en miniatura para los amantes del turismo cultural y deportivo.
Hace millones de años la superficie que ocupa esta pequeña comarca (situada a unos mil metros sobre el nivel del mar) era un lago que, con el paso del tiempo, se evaporó y dejó su lugar a uno de los valles más grandes de Europa. Atravesada de este a oeste por el río Segre y aislada por la gran barrera natural de los Pirineos y las sierras del Cadí y Moixeró, esta preciosa región catalana ha conseguido preservar todo su encanto. Un encanto que ya supo apreciar en el siglo XIX el escritor romántico Gustavo Adolfo Bécquer, quien encontró en el pequeño pueblecito de Bellver un lugar inmejorable para tratar de curar su tuberculosis, rodeado de montañas y lagos glaciares.
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