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La imponente mole del volcán nos acompañará en nuestro recorrido por la costa jónica hasta llegar a Catania, una interesante ciudad reconstruida en el siglo XVIII después de que un río de lava se la tragara en 1669. La reconstrucción se hizo utilizando la piedra volcánica, de ahí el color negruzco de sus palacios e iglesias, la mayoría de un grandielocuente estilo barroco. Catania es un buen punto de partida para adentrarnos hacia el montañoso interior de la isla y conocer Enna, un curioso pueblo medieval que, situado a 1.000 metros de altitud, goza de un enclave espectacular. Muy cerca se encuentra Piazza Armerina, con casas apiñadas al abrigo de su catedral y castillo, aunque lo más atractivo es visitar la Villa imperial romana del Casale, a 5 kilómetros, donde se pueden admirar unos mosaicos únicos en el mundo romano.
A medida que nos dirigimos hacia el sur y el oeste, la oscuridad de la piedra volcánica va dejando lugar a ciudades inundadas de luz con suaves pendientes al mar, un brillante preludio de Siracusa, Agrigento, Selinunte y Segesta, las colonias griegas más importantes del Mediterráneo que contribuyeron a que Sicilia fuera conocidad como la Magna Grecia. Todas ellas poseen los templos, teatros y restos arqueológicos más evocadores del mundo clásico, lo que será, sin duda, un excelente colofón para nuestro recorrido por la isla.
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