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Cuando el viajero llega a la isla, la primera impresión que recibe es la de encontrarse fuera de Europa. Separada del resto de Italia por el estrecho de Mesina, Sicilia, la isla más grande del Mediterráneo, ha guardado celosamente su identidad a través de los siglos. Una identidad construida sobre la base de una historia marcada por las sucesivas civilizaciones que en ella se asentaron (fenicios, griegos, romanos, árabes, normandos, franceses y españoles), convirtiéndola en un floreciente crisol cultural del que son testigos sus magníficos monumentos, las costumbres y el carácter de sus gentes.
La ruta puede comenzar en Palermo, la capital de la isla, una ciudad fascinante por su mestizaje cultural. En ella los edificios normandos conviven con hermosas fuentes de estilo florentino o con la exuberancia del mejor barroco italiano, representado en sus innumerables iglesias. Los amantes de la historia y la arqueología no pueden dejar de visitar el Museo Arqueológico, donde se conserva una parte importante del pasado de Sicilia. Pero si existe un lugar donde verdaderamente puede sentirse el pulso vital de la ciudad son los mercados. En Palermo hay tres: Vucciria, Ballaro y San Agustín; siempre animados, están situados en las intrincadas calles del casco antiguo. Pero cuando el cansancio haga su aparición, nada como disfrutar de las aguas del Maditerráneo en la preciosa playa de Mondello, subir al Monte Pelegrino para admirar las vistas de la ciudad o acercarse al tranquilo pueblo de Monreale, en cuya catedral se conservan extraordinarios mosaicos medievales.
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