Radiante primer plano de la princesa Carolina que, con motivo del sesenta aniversario de la UNESCO, del que es embajadora de buena voluntad, posó junto a otras personalidades que desempeñan lamisma función en este organismo humanitario
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La princesa de Hannover y el director general de la UNESCO, el japonés Koichiro Matsuura, junto con Chico Bouchikhi, Artistas por la Paz
22 MARZO 2006
Camina hacia los cincuenta. Lo hace
con paso firme, pero por una nueva senda.
Carolina —hoy más de Hannover que de
Mónaco— ha cambiado. Vive hoy su voluntario
retiro de la vida social después de haber
cotizado durante años con la máxima retribución
en el mercado del "glamour", algo
que le hubiera permitido vivir por siempre
de las rentas de su magnetismo. En su discreta
madurez, su vida continúa siendo una
fiesta, pero en la intimidad. Carolina fue un
icono, el resultado del poder de un símbolo
concentrado en lo que representaba: guapa,
atractiva, rica, elegante, envidiada...
El mito
femenino europeo de la segunda mitad del
siglo XX. Nada ha sido capaz de ensombrecer
su brillo. Nada, excepto ella misma. La
gigantesca atención que despertaba su protagonismo
comenzó a incomodarle. Siempre
bellísima y enigmática, tocada por la aureola
de magia que sólo ella heredó de su
madre, en los diversos momentos de su vida
ha tenido tantas de cal como de arena, tantas
luces como sombras. Buscó entonces el
refugio del discreto segundo plano bajo la
comodidad que le otorgaba su nuevo título
de princesa de Hannover. Su deseo fue perderse
en esa vida de viajes, bronceados, esquí
y fiestas, pero sin primeras planas ni
grandes titulares.
Ahora, a punto de cumplirse un año de la
muerte de su padre, aquella princesa de infancia
traviesa y juventud alocada es sólo un
recuerdo. El recuerdo de la magia y el encanto
del cuento de hadas que hizo grande
el pequeño Principado y del que ella participó
y engrandeció como heredera del "glamour" de los Grimaldi. Hoy aquellos días de
vino y rosas son sólo una estampa en sepia
para Mónaco, que espera un soplo de aire
fresco en forma de nueva princesa (que
cada vez podría estar más cerca), ahora que
las suyas se alejan superadas por su propia
vida. La mayor de los Grimaldi tiene hoy
otra vida. Afinidades, que no son un secreto,
situaron directamente a Estefanía en el hueco
que ella dejó como "primera dama".
Carolina
ahora se vuelca con sus hijos. Intenta,
como todas las madres, que aprendan de la
vida todo lo que con la experiencia de los
años ella ha adquirido. Esa cruzada, en la
que se aplican todos los padres —y Carolina
no es una excepción, al igual que antes lo
hizo la princesa Gracia—, es evidentemente
una misión difícil. Aunque más complicado
para ella, con niños de dos generaciones diferentes.
Pero sus hijos es posible que alguna
vez se equivoquen para aprender de sus
errores. Al igual que ella hizo en aquellos lejanos
tiempos, los días en los que cada una
de sus apariciones se comentaba más que las
decisiones del G-8 y en que cada uno de sus
modelos despertaba más expectación que
una cumbre de moda. Era, en sí misma, el
decálogo del «glamour».
Aquellos días de gloria de Carolina son
hoy la estela de un cometa que se desvanece
en el firmamento de las estrellas. Ese resplandor
ha iluminado cientos de portadas
del mundo entero y hoy lo vuelve a iluminar.
Pero es otra Carolina la que viene a
nuestras páginas y a nuestra portada. Es la
Carolina solidaria la que posa en fotografías
exclusivas hablando de ayudar a los desfavorecidos.
Es la nueva Carolina.