Flanqueado por sus hermanas, Alberto II salió al encuentro de los ciudadanos a los que habían convocado en los alrededores de palacio como si se tratara de una misma gran familia
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Un magnífico castillo de fuegos artificiales fue el colofón para una jornada en la que, junto a los históricos momentos, Mónaco vivió lleno de intensas emociones
13 JULIO 2005
Al término de los tres meses de luto oficial, la familia principesca reapareció ayer públicamente por primera vez para respaldar la llegada al trono de Alberto II.
Flanqueado por sus hermanas, las princesas Carolina y Estefanía, la familia principesca al completo participó, por primera vez, de unas celebraciones históricas. De una ceremonia en la que todos ellos salieron al encuentro de los ciudadanos a los que habían convocado en los alrededores de palacio como si se tratara de una misma gran familia.
En una ciudad, vestida de verano y adornada en blanco y rojo con los colores de la bandera, el nuevo Soberano de Mónaco fue encomendado a Dios por el arzobispo Monseñor Bernard Barsi quien pidió para Alberto II durante la Misa de Acción de Gracias «sabiduría, inteligencia y un corazón atento para gobernar con justicia y discernir el bien del mal».
”De la mano, como cuando eran pequeños”
Un momento especialmente emotivo en el que los hermanos demostraron que, más allá de sus rivalidades y desencuentros, seguirán “trabajando” en la misma línea en la que lo hacían antes de que muriera su padre... Y que lo harán unidos pese al océano insalvable que se ha creado entre las princesas.
Prueba de ello es que después de que Estefanía cogiera la mano a Alberto en la catedral -emulando el mismo gesto que su hermano tuvo hacia ella el día en que despedían los restos mortales del príncipe Raniero durante una misa por su alma- éste tomó la de la princesa Carolina para demostrar quizá que, aunque tenga especial debilidad por su hermana menor, ninguna de ellas se va a quedar fuera de su “gobierno”.
Un Gobierno que se inicia, tres meses después de la muerte de su padre, con los primeros vítores de su reinado de "¡Viva el príncipe Alberto!"; el primer homenaje de la guardia real; la primera invocación de su nombre, en lugar del de su padre, Rainiero III; con las llaves de la ciudad en el bolsillo... Ocupando físicamente, y también por primera vez, el lugar en el que Raniero permaneció durante medio siglo como jefe de los monegascos y de la familia Grimaldi.