Realeza y personalidades

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¿Qué es esto?

Los tres hermanos asistieron al oficio religioso con el rostro serio e intentando contener el llanto en algunos momentos
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La princesa Estefanía, que estaba muy unida a su padre, tenía el rostro desencajado por el dolor

EL INMENSO DOLOR DE LOS HERMANOS GRIMALDI TOCA DE NUEVO EL CORAZÓN DEL MUNDO

15 ABRIL 2005
Los tres saben que nada será lo mismo en el palacio Grimaldi después de la desaparición del príncipe Raniero: un padre, un símbolo, un amigo, el nexo familiar más importante. Y los tres saben que no será fácil asumir el futuro después de perder -tras la muerte de la princesa Grace en 1982- el único cordón que les unía con el pasado, con lo que realmente son.

Por eso, los tres despidieron a su padre con “algo” más que con inmenso dolor y tristeza. Con “algo” que difícilmente se podría explicar con palabras. Como si el mundo se abriera ante sus pies, como si corrieran el riesgo de precipitarse en el mismo vacío de su estómago. Como si se les fuera la vida.

Rotas por el dolor
Carolina y Estefanía estaban literalmente desencajadas por el sufrimiento. Las ojeras marcadísimas, la mirada inmensamente triste y apagada, y un gesto en el cuerpo cansado, muy cansado. Alberto, más contenido que sus hermanas a lo largo de la ceremonia, a buen seguro hubiera cogido las manos de ambas, pero no pudo hacerlo porque los ojos de millones de telespectadores estaban puestos en ellos, en su dolor y, cuando eso ocurre, lo que manda es el protocolo.

Por eso, aunque los tres estaban juntos físicamente, los tres estaban separados a la hora de esconder lo mejor que pudieron sus emociones. Emociones que se hicieron más y más evidentes a medida que el funeral iba llegando a su fin. A medida que las notas musicales fúnebres fueron invadiendo la catedral.

Las lágrimas de los Príncipes de Mónaco
Cayeron lágrimas de los ojos de Carolina –más sensible en este momento por la grave enfermedad que padece su marido, el príncipe Ernesto de Hannover-; y cayeron lágrimas de los ojos de Estefanía que ha perdido, además de un padre, al único hombre que no le ha fallado jamás. Al ser humano que nunca le pidió nada y le perdonó siempre.

El luto con el que se viste Mónaco se ha hecho de nuevo visible durante los funerales del Príncipe Raniero. Un luto negro y terrible que ha tocado el corazón del mundo. Exactamente igual que hace 23 años cuando la princesa Grace recibió sepultura en la catedral de San Nicolás.

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