El principe Alberto, el abogado y Andrea Casiraghi acuden al hospital de Mónaco, donde el principe Rainiero permanece hospitalizado.
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El príncipe Raniero cambió la anterior norma de primogenitura, lo que permitirá a sus hijas y a los hijos de éstas heredar el trono si Alberto muriera sin haber tenido descendencia.
28 MARZO 2005
"El príncipe Alberto debe casarse. Este palacio no está destinado a ser el feudo de un viejo solterón. Espero, naturalmente, que haya niños enseguida de ese matrimonio", dijo Rainiero en 1997... Han pasado ocho años desde entonces y Raniero llega al final de sus días, después de 55 años de gobierno, sin que su deseo se haya cumplido.
Y, ahora, los monegascos, a la espera de que Mónaco se vista nuevamente de luto, se preguntan qué les deparará el futuro con Alberto II sin dejar de aferrarse, por supuesto, a la idea de que la sucesión se ha producido ya en gran medida.
De hecho, el príncipe Raniero, además de preparar a su hijo en los Asuntos de Estado desde finales de los ochenta; se preocupó muy especialmente en los últimos años de revisar las disposiciones hereditarias, así como de cambiar discretamente las normas constitucionales de Mónaco para garantizar, una vez le sobreviniera la muerte, la supervivencia de su reino.
Modificación de la Constitución
Según un tratado de 1918, Francia habría engullido a Mónaco si Alberto muriera sin descendencia. Pero Raniero cambió la Constitución para asegurarse de que su hijo pudiera ser sucedido por sus hijas y sus nietos.
Para ello, sintiendo quizá que la cuenta atrás había comenzado – en los últimos años se le extirpó un nódulo en el pulmón y fue sometido a dos operaciones de corazón-, en 2002, firmó con Jacques Chirac un tratado que actualiza el de 1918, en el que Francia reconoció la soberanía de Mónaco.
El nuevo tratado afirma la "soberanía e independencia" de Mónaco, y menciona la modificación de la Constitución monegasca, en abril de 2002, para que el príncipe Alberto, soltero y sin hijos, pueda suceder a Raniero sin preocuparse por su descendencia.
De hecho, dicho Tratado, destinado a adaptar y confirmar las relaciones de amistad y cooperación entre Mónaco y la República Francesa, es ya, para la historia, un acuerdo que sustituye al firmado en 1918 y que determina las normas que regirán a partir de este momento las relaciones entre ambos países.
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