Don Felipe saluda, especialmente cariñoso, a los abuelos maternos de doña Letizia, Francisco y Enriqueta.
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Los abuelos de doña Letizia han llegado a Madrid desde Alicante para pasar las Navidades en casa de su hija Paloma.
29 DICIEMBRE 2004
Si hay un regalo de Navidad que
guste a los niños, y también a los
que les acompañan a disfrutarlo, es,
sin género de dudas, el circo: un día
de circo, una mañana de circo, una
noche de circo. Un juguete vivo, directo,
que se puede compartir entre
los que lo disfrutan: los verdaderos
protagonistas y aquellos que les hacen
posible convertir en realidad un
sueño.
Por eso, los príncipes de Asturias,
don Felipe y doña Letizia, quisieron
vivir, en un día tan especialmente
familiar como es el de Nochebuena
—previamente a la cena en la Zarzuela,
en torno a la mesa de los Reyes—,
una mañana en el circo con
sus sobrinos, los de don Felipe y los
de doña Letizia, aparte de otros
miembros de las dos familias.
Y se fueron todos juntos —don Felipe,
con una cazadora de piel, informal,
sin corbata; doña Letizia, en vaqueros,
con una gran bufanda en lana
roja anudada al cuello— hasta el Gran
Circo Mundial, instalado en la plaza
de las Ventas, de Madrid.
Una mañana
fría, pero con sol en el cielo y mucha
ilusión bajo la carpa instalada en
el corazón del ruedo taurino. Acompañaban
también a los príncipes la infanta Cristina, con sus tres hijos, y Paloma Rocasolano,
la madre de la princesa de Asturias, en compañía
de su hija Telma, su nieta, Carla (hija de Erika),
y sus padres, los ya tan populares don Francisco y
doña Enriqueta, que habían llegado de su residencia
de Alicante para pasar las Navidades con los suyos.
Lo primero, el saludo de los príncipes a la familia
de la princesa, de una forma espontánea, sin protocolos.
Todo el mundo pudo ver cómo don Felipe saludaba
muy cordialmente a los abuelos maternos de
su esposa, la princesa de Asturias.
Guerreros chinos y payasos españoles
Luego, la mañana de circo, que se iniciaba a las
doce, en la función matinal, llena de niños y mayores
que disfrutaron de los veinticinco números,
veinticinco —como avisan los carteles—, un espectáculo
brillantísimo que dura más de dos horas y
media.