Los príncipes Felipe y Matilde de Bélgica se han convertido en los pioneros de ese nuevo estilo y ese nuevo talante que caracteriza cada vez más a las jóvenes parejas de príncipes herederos de Europa
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La princesa Matilde muestra a su hija una fotografía en la que aparecen el desaparecido Rey Balduino, por quien el príncipe Felipe sentía profunda admiración
9 OCTUBRE 2004
Protagonistas de la última boda real del siglo XX (se casaron en Bruselas el 4 de diciembre de 1999), los príncipes Felipe y Matilde de Bélgica se han convertido en los pioneros de ese nuevo estilo y ese nuevo talante que caracteriza cada vez más a las jóvenes parejas de príncipes herederos de Europa, formados por Haakon y Mette-Marit de Noruega, Guillermo y Máxima de Holanda, Federico y Mary de Dinamarca y los príncipes de Asturias. Hoy ofrecemos a nuestros lectores las más bellas y familiares imágenes de Felipe y Matilde, duques de Brabante, con sus hijos, la princesa Elizabeth (será en su día la primera Reina no consorte que tengan los belgas) y el príncipe Gabriel, nacidos, respectivamente, el 25 de octubre de 2001 y el 20 de agosto de 2003. Se trata de unas imágenes tomadas en su mayoría en la intimidad del palacio real de Laeken, así como en los maravillosos jardines que rodean al mismo.
Lo primero que hay que destacar en esta real pareja, al igual que en las anteriormente citadas, es que el suyo ha sido un matrimonio por amor, lo que supone un enorme y positivo avance en relación a la vieja costumbre,
que, por cierto, se empezó a abandonar ya en el inicio del siglo pasado, de dar una relevante importancia a la razón de Estado. Hay, asimismo, otro común denominador en los matrimonios de los actuales príncipes herederos del Viejo Continente: sus consortes —las princesas Mette-Marit, Máxima, Mary, Matilde y Letizia— no tienen sangre real. Que el de Felipe de Bélgica y Matilde D’Udekem d’Aooz fue un matrimonio por amor, nadie lo dudó… desde el primer momento en que se conocieron, dado que el propio heredero del Trono de los belgas lo dijo: «Fue un amor a primera vista. Mis ojos se clavaron en ella cuando la vi entre mucha gente en un salón del palacio real. Nadie me la presentó. Fue, repito, un flechazo, y desde ese momento, ya era para mí… mi futura esposa».
Ese amor inicial —aquel flechazo— sigue vivo en el corazón del príncipe y de su esposa, de ahí que sea frecuente verles, al caer la tarde, paseando abrazados y compartiendo confidencias por los jardines del palacio Laeken, al que se refieren siempre como «nuestra casa».