Como cualquier otra pareja de recién casados, los Príncipes desean vivir con total normalidad.
Pulse sobre las fotografías para ver las ampliaciones
Los príncipes fueron cazados 'in fraganti' como 'señores de Rodríguez' en Ses Salines, un pueblecito del sureste de la Isla.
24 AGOSTO 2004
Los príncipes de Asturias no serán los primeros ni los últimos en inventarse un apellido a la hora de buscar una velada íntima o una salida anónima.
A lo largo de la historia, y muy especialmente en las últimas décadas, el 'cambio' de identidad ha sido y es algo relativamente habitual entre todos aquellos destacados miembros de la sociedad internacional que tratan de pasar inadvertidos para los medios de comunicación.
Reservas de hoteles, billetes de avión, alquiler de coches y, por supuesto, de restaurantes donde saben que sin reserva previa –y no queriendo hacer uso de su condición- difícilmente podrán conseguir una mesa.
Cazados “in fraganti”
No era la primera vez que don Felipe y doña Letizia recurrían a usar un apellido español tan común como Rodríguez y, a buen seguro, que tampoco será la última ocasión en la que lo vuelvan a intentar como García o Fernández...
Pero sí fue la primera vez en la que uno de sus trucos quedó al descubierto cuando, días después de regresar en secreto a su casa de Son Vent, en Palma fueron cazados 'in fraganti' como 'señores de Rodríguez' en Ses Salines, un pueblecito del sureste de la Isla.
En el restaurantito Casa Manolo. 'Un local pequeño, sin lujos, de un solo tenedor, con los jamones colgando y 3.000 fotografías pegadas con celo a la pared por mi hija Apolonia', contaría a la revista ¡HOLA! el propio Manolo, su dueño.
Pierden su reserva
Don Felipe y doña Letizia viajan desde Marivent hasta Ses Salines (aunque sólo son 50 kilómetros los que separan a Palma de esta localidad, en tiempo es una hora y media de trayecto) para cenar en la antigua bodega Barahona fundada hace 58 años por los padres del actual dueño, Juan y Apolonia, y para que doña Letizia conozca, de paso, el último rincón de Mallorca.
Un pequeño pueblo donde se acaba la isla –Cabrera en frente- y contrasta el árido paisaje con las playas salvajes.
Pero también, la localidad en la que se ubican una de las salinas más antiguas del mundo en funcionamiento. Las mismas que fueran explotadas primero por los cartagineses y, después, por los romanos.
Mientras el Príncipe explica a su esposa algunos de los datos históricos que envuelven a Ses Salines, el empresario Carlos March, cliente habitual de Casa Manolo aparece con un grupo de personas en el restaurante sin haber pedido mesa previamente. La familia Barahona consulta el libro y entendiendo que los señores Rodríguez, que se retrasan ya unos minutos, nunca confirmarán su reserva, consigue albergar, con estrechez, al señor March y a sus amigos.