Alberto de Sajonia 'inventor' del árbol de Navidad


La costumbre de adornar árboles para dar la bienvenida a la época navideña arraigó en Alemania y en los países escandinavos en el siglo XVII y fue llevada por los soberanos de la casa Hannover hasta Gran Bretaña en el siglo XVIII.

George III, coronado como soberano de Inglaterra, en 1762, y su mujer, la reina Charlotte, oriunda de Alemania, fueron los primeros en adornar su palacio con un abeto doméstico, aunque no fue hasta medio siglo después, cuando la buena sociedad inglesa cayó hechizada por la idea de reproducir, en sus casas, lo que sus ojos habían visto en el palacio de Windsor habitado, entonces, por la soberana Victoria y su esposo, el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo. Un noble germánico que introdujo el árbol como la última moda en las navidades de la sociedad victoriana, poco después de contraer matrimonio con la Reina, en 1840.

Un árbol gigantesco que sostenía al mundo
Alberto de Sajonia –nacido en Coburgo– llevó consigo a Inglaterra la memoria de un país en el que ya, en torno al siglo XVII, se empiezan a reunir las familias alrededor de un árbol de Navidad. Cómo olvidar aquellos días en los que algunas familias alemanas, después de buscar alguna excusa para que los niños salieran de casa, aprovechaban la ausencia de éstos para decorar el árbol con frutos y juguetes el mismo día 24 de diciembre.

Cómo olvidar, también, la antigua creencia germánica de que era un árbol gigantesco el que sostenía al mundo y el que soportaba –esto explica la costumbre de poner luces a los árboles–, en sus ramas, el peso de la luna, el sol y las estrellas. Un árbol que era, además, el símbolo de la vida ya que, en invierno, cuando casi toda la naturaleza aparecía muerta, éste no perdía su verde follaje.

Entusiasta de la Navidad
De cualquier forma, el príncipe Alberto de Sajonia logró imponer las tradiciones navideñas alemanas -arraigadas en el país germano desde hacía dos siglos-, gracias al apoyo incondicional de su esposa, la reina Victoria, que, por amor, adoptó las costumbres de su esposo con el firme propósito de hacerle sentir como en casa. “Sin él, estas fiestas resultarán absolutamente distintas”, declaró poco después de que falleciera el príncipe.



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