Dicen que a veces el miedo
a la enfermedad y a su posible desenlace es tan horroroso que consigue
convertir la muerte en algo incluso deseable. Yo tenía muchísimo
miedo, pero la muerte nunca me pareció una salida atractiva. A pesar de
ser algo tan real y tan sabido por todos, he de reconocer que durante la mayor
parte de mi vida no ha ocupado un primer plano dentro de mi cabeza. Una vez
más eso era algo que les ocurría a los demás.
Y como siempre en esta enfermedad, al menos en mi caso, la idea de la
aceptación de la muerte ha pasado por varias fases, desde la
resignación más total hasta el rechazo más absoluto. Al
principio, el instinto de conservación es muy fuerte y hace que la
muerte no entre en nuestros esquemas de ninguna manera. Sin embargo, poco a
poco, y en vista de las cosas que nos dicen los médicos, las que
oímos, las que empezamos a
imaginar y las que creemos saber, acaba por dibujarse
en la mente nuestra propia imagen de la muerte. Al principio, son ligeros
trazos en gris que se van oscureciendo según el momento que estemos
atravesando.
Cada vez que me venía a la cabeza esa idea, pensaba que aquello no me
iba a suceder, tenía tantas ganas de vivir que me parecía
imposible. Pero al mismo tiempo de mi interior brotaba una voz
avisándome que aquella era una probabilidad que había que tener
en cuenta y para la que debía estar preparada.
En el plano religioso sabía, más o menos, qué era lo que
tenía que hacer. En ese aspecto, todo resultaba algo más
fácil.
Incluso a las personas con convicciones religiosas les asaltan las dudas. No
existe la certeza absoluta: cuando vemos de cerca la muerte todo se tambalea.
Sobre todo porque pedimos explicaciones. Yo tenía un enfado monumental
con Dios, tenía ganas de litigar con El, como hace Job en la Biblia,
quien, por cierto, también se rapó la cabeza al verse hundido en
la desdicha.
Pero es que con Dios no nos podemos enojar, porque si lo hacemos nos
condenamos. Mi enfado con Dios se recrudeció a raíz de que a mi
madre también le diagnosticaron un cáncer. Así que mis
querellas no eran tanto por lo mío como por lo de ella, porque no hay
derecho a que nos toque la lotería dos veces. Una monja, mi tutora de
toda la vida, solía decirme: Es que vosotros sois los elegidos,
sois los que estáis más cerca. Yo replicaba: ¿Y no
podía habernos elegido para otra cosa?
Yo siempre había tenido mi fe, pero ahora tengo más: porque a
mí me dieron dieciocho días de vida y los médicos
decían que no tenía remedio, y a la vista está que si se
lucha y te ayudan desde arriba, se consigue. A mí, desde luego, me
ayudaron desde arriba.
Y hay un dato curioso. Los médicos aún no salen de su asombro.
Dicen que, desde el punto de vista científico, mi respuesta al primer
tratamiento de quimioterapia no fue normal, sobre todo teniendo en cuenta que
me daban dosis suaves porque estaba embarazada. Que el LDH bajara
repentinamente de 2.400 a 400 fue un descenso espectacular que los
científicos todavía no han podido explicar. No voy a decir que
fue un milagro, pero hay cosas que la ciencia, por más que se esfuerce,
no consigue desentrañar.
Cuando mi madre ingresó en Pamplona, Josefina, la enfermera, me dijo:
«Mariam, ¿sabes qué pienso? Que a vosotros Dios no os prueba,
a vosotros os mastica».
Esa frase se me quedó grabada, porque refleja una terrible verdad. Yo le
preguntaba a las enfermeras si conocían un caso como el nuestro. Que una
madre y una hija repitan, en siete años, cinco cánceres es algo
bastante extraordinario en mi opinión.
En cuanto dejaba de buscar la explicación a todo aquello, me
tranquilizaba. Pero de todas maneras, me negaba a una resignación sin
fisuras. Un día fui a confesarme y le conté todo al sacerdote:
que estaba muy enfadada con Dios, que yo no había sido tan mala, que era
joven, que tenía unos niños, una familia, que me parecía
injusto. Y él me dijo:
Tienes que dar gracias a Dios.
¡No, hombre, no! No puedo llegar hasta ahí. ¡No puedo
dar gracias por tener un cáncer!
Sí, tienes que dar gracias porque te lo ha mandando en una
época en que se cura.
Al principio me resistía aceptarlo, pero luego, tras pensarlo mejor,
llegué a la conclusión de que tenía razón. Si esto
me hubiera pasado unos años antes, quizá no estaría hoy
aquí para contar mis historia. A veces pienso que a lo mejor la
razón de esta enfermedad era ésta, ayudar a los demás
escribiendo este libro.
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