A continuación ofrecemos una parte del noveno capítulo de «Diagnóstico: cáncer. Mi lucha por la vida».

Dicen que a veces el miedo a la enfermedad y a su posible desenlace es tan horroroso que consigue convertir la muerte en algo incluso deseable. Yo tenía muchísimo miedo, pero la muerte nunca me pareció una salida atractiva. A pesar de ser algo tan real y tan sabido por todos, he de reconocer que durante la mayor parte de mi vida no ha ocupado un primer plano dentro de mi cabeza. Una vez más eso era algo que les ocurría a los demás.

Y como siempre en esta enfermedad, al menos en mi caso, la idea de la aceptación de la muerte ha pasado por varias fases, desde la resignación más total hasta el rechazo más absoluto. Al principio, el instinto de conservación es muy fuerte y hace que la muerte no entre en nuestros esquemas de ninguna manera. Sin embargo, poco a poco, y en vista de las cosas que nos dicen los médicos, las que oímos, las que empezamos a Foto Sumario 21imaginar y las que creemos saber, acaba por dibujarse en la mente nuestra propia imagen de la muerte. Al principio, son ligeros trazos en gris que se van oscureciendo según el momento que estemos atravesando.

Cada vez que me venía a la cabeza esa idea, pensaba que aquello no me iba a suceder, tenía tantas ganas de vivir que me parecía imposible. Pero al mismo tiempo de mi interior brotaba una voz avisándome que aquella era una probabilidad que había que tener en cuenta y para la que debía estar preparada.

En el plano religioso sabía, más o menos, qué era lo que tenía que hacer. En ese aspecto, todo resultaba algo más fácil. ……………………………………………………… ………………………………………………………

Incluso a las personas con convicciones religiosas les asaltan las dudas. No existe la certeza absoluta: cuando vemos de cerca la muerte todo se tambalea. Sobre todo porque pedimos explicaciones. Yo tenía un enfado monumental con Dios, tenía ganas de litigar con El, como hace Job en la Biblia, quien, por cierto, también se rapó la cabeza al verse hundido en la desdicha.

Pero es que con Dios no nos podemos enojar, porque si lo hacemos nos condenamos. Mi enfado con Dios se recrudeció a raíz de que a mi madre también le diagnosticaron un cáncer. Así que mis querellas no eran tanto por lo mío como por lo de ella, porque no hay derecho a que nos toque la lotería dos veces. Una monja, mi tutora de toda la vida, solía decirme: —Es que vosotros sois los elegidos, sois los que estáis más cerca. Yo replicaba: —¿Y no podía habernos elegido para otra cosa? ……………………………………………………… ………………………………………………………
Yo siempre había tenido mi fe, pero ahora tengo más: porque a mí me dieron dieciocho días de vida y los médicos decían que no tenía remedio, y a la vista está que si se lucha y te ayudan desde arriba, se consigue. A mí, desde luego, me ayudaron desde arriba.

Y hay un dato curioso. Los médicos aún no salen de su asombro. Dicen que, desde el punto de vista científico, mi respuesta al primer tratamiento de quimioterapia no fue normal, sobre todo teniendo en cuenta que me daban dosis suaves porque estaba embarazada. Que el LDH bajara repentinamente de 2.400 a 400 fue un descenso espectacular que los científicos todavía no han podido explicar. No voy a decir que fue un milagro, pero hay cosas que la ciencia, por más que se esfuerce, no consigue desentrañar. ……………………………………………………… ………………………………………………………

Cuando mi madre ingresó en Pamplona, Josefina, la enfermera, me dijo: «Mariam, ¿sabes qué pienso? Que a vosotros Dios no os prueba, a vosotros os mastica».

Esa frase se me quedó grabada, porque refleja una terrible verdad. Yo le preguntaba a las enfermeras si conocían un caso como el nuestro. Que una madre y una hija repitan, en siete años, cinco cánceres es algo bastante extraordinario en mi opinión.

En cuanto dejaba de buscar la explicación a todo aquello, me tranquilizaba. Pero de todas maneras, me negaba a una resignación sin fisuras. Un día fui a confesarme y le conté todo al sacerdote: que estaba muy enfadada con Dios, que yo no había sido tan mala, que era joven, que tenía unos niños, una familia, que me parecía injusto. Y él me dijo:
—Tienes que dar gracias a Dios.
—¡No, hombre, no! No puedo llegar hasta ahí. ¡No puedo dar gracias por tener un cáncer!
—Sí, tienes que dar gracias porque te lo ha mandando en una época en que se cura.

Al principio me resistía aceptarlo, pero luego, tras pensarlo mejor, llegué a la conclusión de que tenía razón. Si esto me hubiera pasado unos años antes, quizá no estaría hoy aquí para contar mis historia. A veces pienso que a lo mejor la razón de esta enfermedad era ésta, ayudar a los demás escribiendo este libro.

Volver al reportaje