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El yogur puede ayudar a prevenir determinados tipos de cáncer.
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Lactobacillus y Streptococcus thermophilus son las bacterias principales con las que se elabora el yogur
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Para encontrar los orígenes del yogur debemos echar la vista atrás y remontarnos a hace más de dos mil años cuando los pueblos nómadas de Asia y Turquía consiguieron dar con la solución a un problema que, según parece, les traía de cabeza: conservar por más tiempo la leche que obtenían del ganado. Un método que, además de prolongar la vida de este alimento, les permitía preservar todas sus propiedades nutritivas.
De esta forma, el yogur se convirtió enseguida en un alimento básico para los habitantes de estos pueblos, quienes no tardaron en darse cuenta de sus saludables virtudes. Sin embargo, el reconocimiento ‘a nivel científico’ de todas esas magníficas propiedades no llegaría hasta principios del siglo XX cuando el premio Nobel Ilia Metchnikoff, en su investigación sobre el envejecimiento de los seres humanos, atribuyó al yogur la causa de que los habitantes de los Balcanes alcanzaran edades tan avanzadas. Tanto es así, que el ‘milagroso producto’ empezó a comercializarse en las farmacias como medicamento.
Y es que, medicamento o no, lo que a estas alturas ya nadie discute son sus enormes beneficios para el organismo: nos ayuda a disminuir la tensión arterial y el colesterol, favorece la absorción de grasas, combate las diarreas y el estreñimiento, reconstruye la flora intestinal, nos protege de la osteoporosis, previene o retrasa la aparición de determinados cánceres como el de colon o el de mama, etc.
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