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Los higos son una excelente fuente de fibra, por lo que ayudan a regular el tránsito intestinal.
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El pan de higo es uno de los dulces más típicos elaborados con esta fruta.
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¿Sabía que los higos eran la fruta preferida de Platón o que en la famosa pirámide de Gizeh ya se encuentran dibujos representativos de su recolección? Son sólo algunas muestras de lo antiquísimo que resulta el consumo de estos dulces alimentos, ahora mismo de plena temporada. Y es que, a pesar de que los amantes de los higos pueden disfrutar de su delicado sabor durante todo año, es a finales de verano cuando alcanzan su mejor momento en estado ‘natural’.
Pero más allá de su perfumado y exquisito sabor dulce, el higo cuenta con un buen número de propiedades nutritivas: su riqueza en fibra es perfecta para mejorar el tránsito intestinal (también realiza una función de protección frente al cáncer de colon), es rico en hidratos de carbono y en minerales como el potasio, el magnesio o el calcio. Además, es muy digestivo y ayuda a regular los niveles de colesterol.
Por todo ello resulta una fruta especialmente aconsejada para quienes necesitan un aporte extra de energía (deportistas, embarazadas, niños en época de crecimiento...), quienes pasan por una situación de estrés o personas con hipertensión, hipercolesterolemia o estreñimiento, afecciones no asociadas, eso sí, a un exceso de peso (el higo es una de las frutas más calóricas: unas 80 calorías por cada cien 100 gramos).
Asimismo, aunque recién comprados en el mercado resultan muy sabrosos, los higos cuentan también con un buen número de posibilidades culinarias: son muy utilizados en repostería para la elaboración de salsas, mermeladas, compotas, jaleas, bizchocos (especial mención merece el famoso pan de higo realizado con higos secos y almendras), o como acompañamiento de platos salados. Así, resulta un magnífico complemento para las recetas de caza, de aves, de carnes rojas o de foies.
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