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Adriana
Abascal, bellísima, caminó sola los casi 50 metros de alfombra
blanca que le llevaron hasta el doble arco cruzado cuajado de
flores instalado en el jardín de la mansión de Los Ángeles.
Allí le esperaban Juan Villalonga, sonriente y emocionado, y
el oficiante de la ceremonia Robert A. Ringles. El voto matrimonial
no pudo ser más significativo. Mientras le colocaba el anillo,
el empresario repetía: "El día de hoy me caso con mi mejor
amiga. Prometo dar lo mejor de mí mismo, compartir mi vida y
mi amor en los buenos momentos y en los malos. Prometo amarte,
cuidarte, reír contigo y crecer contigo, darte mi corazón y
mi respeto".
Sentada en las rodillas de su tía Ángeles Abascal, la pequeña
Paulina, de sólo catorce meses, observaba atenta la boda de
sus padres. Dedicado a ella fue uno de los momentos más emotivos
del enlace cuando los contrayentes repitieron con el celebrante:
"Al iniciar nuestra vida juntos como familia, prometemos guiarte
por la senda de la vida, protegerte apoyarte en tus sueños,
escucharte cuando necesites hablar y escuchar más de cerca cuando
lo necesites, confortarte, honrarte, darte alas para volar y
quererte siempre". |
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