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Comentar 13 JULIO 2006

Ortega Cano vuelve a 'Yerbabuena': 'Mienten los que dicen que Rocío y yo estábamos distantes'

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Ortega, torea con gran valor, que es una forma del amor y del dolor al mismo tiempo<br><b>Pinche sobre la imagen para ver las ampliaciones de las fotografías</b> 
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Ortega le echa de comer a los toros, bravos de su ganadería, el saco al hombro, bajo las encinas 
El torero se carga a la espalda un saco de grano, y limpiamente, después de llamarles con un grito, ya familiar para ellos, derrama el contenido del saco de pienso, con la sabiduría del rito. Todos son bravos o tienen razones para serlo y llevan en el lomo la Y griega del hierro, del tatuaje de la casa. Incluso desde su profunda mirada, rizada la cabeza, está el toro padre, el sembrador, «Victorioso», de la ganadería de Samuel Flores. Impresionante. José los va llamando por su nombre, casi con su apellido, como luego los llevará a su cuaderno de sangre y de casta. Tiene lágrimas en los ojos.

A la caída de la tarde, en la placita de la casa, torean con él los que acababan de llegar al resplandor del rito y del mito. Carne nueva para toros nuevos. José torea quieto, entero, valiente, eso sí, como si estuviera toreando dos toros al mismo tiempo, el de abajo y el de arriba. Al fondo, sobre el paisaje, la ermita de la capilla redonda, en la que se casaron, donde a veces suena la campana de la torre, que el torero maneja en la soledad del atardecer. Llora sobre el burladero mientras me dice, bajo su sombrero panameño de paja clara de la calle de las Sierpes de Sevilla:
—Mira lo que te digo, Tico Medina, mienten los que dicen que Rocío y yo estábamos distantes. No es verdad..., porque lo nuestro fue una historia de amor, es una historia que permanece con amor, apasionante y apasionada.

Hace unos días, José se atrevió a abrir la puerta de su alcoba de La Moraleja, en Madrid, donde se fue su mujer, Rocío. Tendió sábanas nuevas y se echó a dormir con sus dos hijos pequeños, y fue cuando el mayor le dijo:
—Papá, huele a mamá.
El torero lloró en silencio, sin que se lo notaran los chicos. Y luego se durmió tranquilo.
—No necesité ayuda, pero soñé con Rocío.
Del testamento no quiere hablar. «Lo que Rocío hizo está bien hecho». De su futuro, del que le espera, tampoco. Sabe que le viene un tiempo duro y difícil. Mientras caminamos sobre el surco, entre cigarras y mariposas —como ocurre en la vida misma—, el torero, al que todos los días llaman para que vuelva a torear mañana mismo, me confiesa:
—La verdad es que Rocío no está, pero yo estoy, me siento más con Rocío que nunca.
Y yo sé que el torero, que ya es leyenda, dice la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Esta es la hora de la verdad más larga y difícil de su vida.
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