Rocío Carrasco, rota de dolor por el fallecimiento de su madre
Rocío hija la acompañaba a todas horas, se turnaba con José Ortega Cano, a los pies de la cama de su madre y pasaba más tiempo en casa de su madre que en la suya propia. Conocía perfectamente las medicinas que tomaba su madre - qué pastilla a qué hora- y sacaba fuerzas de flaqueza cada vez que entraba en la habitación de La más grande. Rocío, de veintinueve años, sabía que el final estaba cerca por lo que quería aprovechar todos los segundos que la vida le brindaba. A las cinco y cuarto de la mañana, estaba, como no, junto a ella, y cinco horas más tarde, a las diez y cuarto, cuando ya se había podido despedir, encabezaba el cortejo fúnebre que salía de La Moraleja en dirección al Centro Cultural de la Villa donde está instalada la capilla ardiente.
Si el martes, la última vez que vimos a Rocío Carrasco, se le veía abatida y agotada, hoy la imagen de Rocío Carrasco es la de la desolación más absoluta. Salía de la casa familiar en un coche conducido por su novio, Fidel Albiac, vestida completamente de negro y sin preocuparse por ocultar sus ojos tras unas gafas negras. Rocío, rota por el dolor, perdía hace cinco años a su padre, Pedro Carrasco, y hoy, tras una larga y dura batalla de casi dos años, moría su madre.
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