Pilar Miró junto a su hijo, Gonzalo, cuando era todavía un bebé
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Gonzalo Miró está imparable en su camino hacia la fama. Tan pronto alterna con el príncipe de Gales como se sube a una pasarela para hacer sus primeros pinitos como modelo. Aquel día pidió tiempo a los fotógrafos con el clásico gesto
24 AGOSTO 2005
Soltero de oro, chico de moda, galán del verano. Muchos títulos le han otorgado últimamente
a Gonzalo Miró, pero poco se sabe en realidad de este chico de veinticuatro años que ha acaparado
los titulares de la temporada. Junto a
Eugenia Martínez de Irujo, es el protagonista
del romance del verano. Y al ritmo que su popularidad sube enteros, le llueven las ofertas publicitarias y se rifan su presencia en todas
las fiestas. Pero Gonzalo es mucho
más que una bonita fachada.
Desde que nació, incluso antes, ya era noticia. Pilar Miró era la directora de cine más famosa de España, así que desde que llegó al
mundo —el 13 de febrero de 1981—, ya era uno de los objetivos más buscados por las cámaras. El
propio Gonzalo lo recordaba en una entrevista que hace un año publicamos en estas páginas: 'De alguna manera nací acostumbrado a la popularidad. Llevo escondiéndome de fotógrafos desde siempre, cuando iba con mi madre de viaje, desde que tengo cuatro años... No le das
importancia'. Fue un niño feliz, con una infancia que recuerda siempre al lado de su madre, fuerte de espíritu, pero frágil de corazón. Creció en los platós de rodaje y, sin saberlo, poco a poco, el pequeño Gonzalo se iba contagiando de la pasión por el cine, algo de lo que no fue consciente hasta mucho tiempo después.
La gran preocupación de Gonzalo
Su infancia y adolescencia no fueron la de un niño normal, pero sí la normal para él. La condición de personaje público de su madre era algo natural y no fue consciente de esa diferencia. No hasta su muerte: 'Cuando murió mi madre fue cuando me di cuenta de quién era ella
realmente, de la importancia que había tenido y de cómo había influido en este país'. Pero el pequeño Gonzalo ya desde niño albergaba una gran preocupación. Siempre fue consciente de la frágil salud de su madre. Antes de que él naciera, la directora de cine fue operada del corazón para implantarle dos válvulas cardiacas.
Esta intervención se repitió diez años más tarde, cuando Gonzalo tan sólo tenía cuatro años, para sustituirle las prótesis. A pesar de su dolencia cardiaca, la cineasta siguió
trabajando con el ritmo y la pasión que le despertaba su profesión. Sólo temía no poder ver crecer a su hijo, y más aún le aterraba la posibilidad de que un traicionero ataque se la llevara antes de que creciera y alcanzara la mayoría de edad. Por ello, hizo testamento y organizó un sistema de apoyos para su hijo.