Rocío Jurado dice hasta pronto con la mano, en un gesto muy suyo en el hotel que está unido a la clínica donde va a vivir un mes y medio
27 SEPTIEMBRE 2004
Quiere también Rocío disfrutar de «Yerbabuena» en su nueva versión, para propios y extraños; terminar la decoración de su ático de la Ballena, frente al Atlántico, y hacer que su lagar de vino antiguo se convierta en una cita rural entre viñas y dunas. Y, sobre todo, ver crecer a sus hijos; más nietos, cuando lleguen, y arrimarse al hombro del hombre, del torero, que un día nos dijo, en la duermevela de la clínica de Montepríncipe, aquello que dio la vuelta al mundo:
—Que sepas que ha sido una «corná» muy grande lo de Rocío, la más grande de todas las que he recibido en mi vida, y han sido unas pocas.
Ahora, la esperanza, que es la mejor medicina, y que ya estamos a pie de obra esperando el retorno de la Grande, así que ajustemos cuentas… mes y medio, últimos de octubre, mediados de noviembre como mucho. Esa Rocío adornando el olivo de Navidad en el cortijo, me la apunto. No me la
pierdo, Rocío. O la Salve a solas, de gracias, como aquel día de chicharras y corceles, en la capilla de la casa de campo. O viendo como José torea el toro al que un día indultó. Pero a éste, a éste de ahora, el del nombre innombrable, a ése ¡hay que matarlo. Hasta la bola, maestro, hasta la bola!…