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DOÑA ELENA DE BORBÓN,
UNA TRANSFORMACIÓN ESPECTACULAR
A lo largo de los años, desde que era tan sólo una niña y
aún luciendo aquellos vestidos que tan poco le favorecían,
los antiguos de la Casa Real --así se conoce a los que trabajan
desde siempre para el Rey y su familia-, siempre apostaron
por el empaque de la primogénita. Era, según ellos, de las
dos hermanas, la que mejor lucía los modelos, la que sabía
defender, en cualquier circunstancia o situación, cualquier
prenda o tocado que se le pusiera.
No se distinguió doña Elena, en su adolescencia y juventud,
por una presencia despampanante, pero nada más alcanzar la
treintena, la duquesa de Lugo demostró, en sus apariciones
públicas, que poseía una elegancia y un empaque natural.
Perdió cinco tallas en tres años
Empezó a salir, por aquel entonces, con Jaime de Marichalar,
el que, con el paso del tiempo, se convertiría en su marido…
Quizá estuviera pensando ya en su boda y en su vestido blanco
o quizá había llegado el momento de la metamorfosis.
Fuera lo que fuese, doña Elena no regateó esfuerzos para conseguir
su propósito. Con férrea voluntad pasó de la talla 48 a la
40 -se sometió a un duro régimen a base de pescado y verduras
y perdió cinco tallas en tres años- y salió de compras para
vestir, de nuevo, su armario. Se olvidó, entonces, de los
vestidos con grandes vuelos, de los volantes, de las mangas
repujadas y de los estampados y apostó fuerte por una moda
más afrancesada y cosmopolita. Recurriendo al guardarropa
de Cristian Lacroix -un diseñador que recurre constantemente
a la tradición española-, doña Elena cambió de imagen y de
cuerpo -- cintura de avispa, cadera ligeramente redondeada,
cara afilada, brazos largos y filiformes…-, y se convirtió
en una de las mujeres españolas más elegantes.
En ella estaba el don de la elegancia
Entonces, todo el mundo la aclamó como la infanta elegante.
Y todo el mundo, también, opinó sobre las causas que podían
haber provocado aquel cambio espectacular. Atribuyeron la
mayoría de los españoles el impulso de la transformación a
su marido, Jaime de Marichalar. Un bancario para el que, según
sus amigos, la presencia, arropada en buenas marcas y maravillosos
tejidos, cobraba vital importancia a la hora de acudir a cualquiera
de los compromisos sociales o personales a los que eran invitados.
Pero esto no es del todo cierto. O al menos eso es lo que
dicen aquellos que conocen, de siempre, a la Infanta. Según
éstos, en ella estaba el don de la elegancia, el de saber
llevar un pamelón enorme, una mantilla, unos tacones
y un bolso o una joya sin que apenas se aprecie.
Doña Elena cumple 37 años y alcanza la plenitud como mujer,
como esposa y como madre. Segura de lo que le conviene, de
lo que le favorece, de lo que debe ser, la infanta demuestra,
en cada uno de sus pasos, tener un control absoluto sobre
su propia vida. Probablemente, la duquesa de Lugo se encuentre
entre aquéllas que confiesan, sin pudor, que alcanzaron la
madurez a los 35 años y que, de volver al pasado, jamás retornarían
a los 18.
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