Medio mundo fue testigo, a trevés de la televisión, de los esponsales reales que convirtieron al Principado de Mónaco en la sede del 'glamour' y reino de los sueños
Ahora los monegascos echan la mirada atrás con la ilusión de asistir pronto a un nuevo enlace real: el del príncipe Alberto y Charlene Wittstock
12 SEPTIEMBRE 2007
Corría el año 1956, cuando Grace Kelly, una de las estrellas más consagradas del Hollywood dorado, dijo sí al príncipe Raniero en una boda de cuento. Medio mundo fue testigo, a través de la televisión, de los esponsales reales que convirtieron al Principado de Mónaco en la sede del glamour y reino de los sueños. Medio siglo después de aquella ceremonia nupcial, una de las más magníficas de los años cincuenta, los monegascos echan la mirada atrás con la ilusión de asistir pronto a un nuevo enlace real: el del príncipe Alberto y Charlene Wittstock, la nadadora sudafricana con quien permitió que se le fotografiara como un espectador enamorado en los Juegos Olímpicos de Invierno en Turín, Italia.
Charlene ha conquistado en tiempo récord el corazón de los ciudadanos de Mónaco por su inteligencia, belleza, simpatía y, muy especialmente, por un cercano parecido a la princesa Grace. Pero las coincidencias entre ellas no se ciñen al plano físico. También sus historias de amor, o al menos los comienzos de ellas, guardan entre sí varias semejanzas. La primera es que fue el éxito profesional lo que llevó a cada una a conocer a su Príncipe azul. Grace Kelly tuvo su primer encuentro con Raniero, en mayo de 1955, durante una sesión de fotos en los jardines del palacio aprovechando su estancia en Europa con ocasión del Festival de Cannes. El soberano monegasco y la campeona olímpica de natación se conocieron, según se cuenta, durante los Juegos Olímpicos de Sydney, en el 2000, cuando el Príncipe se acercó al podio de los triunfadores para entregarle un ramo de flores a la deportista... Tanto una como otra tuvieron, además, que improvisar a toda prisa un conjunto presentable para su encuentro con el Príncipe y, en ambos casos, la siguiente cita no se produjo hasta bastante tiempo después.
Meses más tarde, el príncipe Raniero acudiría a Filadelfia en fechas navideñas para encontrarse con la que creyó definitivamente la mujer de su vida y años después, también por Navidad, Alberto aprovecharía un viaje de buena voluntad a Sudáfrica para conocer a la familia de su
novia -emigrantes que dejaron Hamburgo para establecerse en la prometedora colonia británica Kaffraria, en Sudáfrica- tal y como han apuntado fuentes muy cercanas al príncipe reinante. Pero, entre tanta coincidencia, la historia de amor del príncipe Alberto se distingue de la de sus padres en que la suya aún falta por escribirse.