Leonor se ganó el corazón de todos
Don Felipe la llamaba para que le siguiera hacia el coche. Tenían que irse. La hora de la comida y la de su siesta se les echaba encima, pero Leonor no tenía ninguna gana de volver a casa. Mamá le había colocado la diadema en su sitio –con el flequillo lacio hacia atrás para que se le viera bien la cara- y, aunque no había habido tanta suerte con los leotardos, que se le volvieron a caer haciendo algunas arrugas, estaba demasiado guapa y feliz como para decir adiós sin más en el momento en el que todos la aclamaban.
Dicho y hecho, Leonor cogió carrerilla y haciendo equilibrio con su pato mascota se dirigió hacia la prensa, que a esas alturas se mostraba ya completamente entregada a las gracias de la pequeña.
Don Felipe sale detrás, la estrecha entre sus brazos para evitar una posible caída y Leonor se muere de risa, aunque marca distancias y “le pone en su lugar” cuando éste trata de colocarle de nuevo la diadema.
Fotógrafos y periodistas, pacientes del hospital y visitas gritan su nombre: “Leonor” y ella, con su vestido de nido de abeja estampado en flores azules –el primer día- y con su vaquero moderno, el segundo, se deja querer por todos.