Andrea Casiraghi y su ya más que oficial novia, Tatiana Santodomingo, estudiante de Historia del Arte en Londres y heredera de un imperio
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La princesa Carolina con la que fuera su suegra, Fernanda Casiraghi Bissi, a la que ha demostrado querer con locura
5 JULIO 2006
Y lo mismo hace Carlota, aunque manteniendo las distancias
en público, con su novio, Félix, hijo del abogado francobelga
Antoine Winckler y de la coleccionista de arte Sylvie,
con el que mantiene una relación desde hace dos años.
Carolina y toda su familia viven la ceremonia nupcial teniendo
muy presente las ausencias y lo que eso ha significado
en sus vidas. Carolina llora cuando los novios dicen «sí, quiero
» y sus hijos escuchan la Misa en un gesto de recogimiento.
Pierre, ahora sin gafas —cada día más parecido a su abuelo
Giancarlo y a su tío Daniel—, mira de vez en cuando hacia el
cielo con una sonrisa llena de «orgullo Casiraghi». Y la pequeña
Alejandra, que no lleva su sangre, pero sí la de Carolina,
la mujer a la que tanto amó Stefano, asume con normalidad
la celebración jugueteando por los pasillos.
La memoria de la Historia reclama su parcela como si el
tiempo no hubiera pasado. Como si Stefano tuviera veintiún
años y Carolina veinticinco. Como cuando jugaban a que ella
era Cenicienta y Stefano le regalaba zapatos —tenían una fábrica
de calzado— con etiquetas en las que escribía: «Exclusivos
Exclusivos
para Carolina». Como si todavía se tuvieran
que esconder en la casa de sus padres de Fino
Mornasco, la residencia donde la princesa de Mónaco
fue presentada por primera vez a la familia
Casiraghi. Una mansión que se mantiene majestuosa
en los alrededores de Como, a menos de
cincuenta kilómetros de donde les han citado
para las celebraciones nupciales. El pueblo en el
que encargarían la cuna de su primogénito cuando,
unos meses después de su boda, en diciembre
de 1983, anuncian que están esperando un hijo.
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El mismo niño que le preguntaría, casi siete
años después, un día de Navidad: «¿Por qué se
llevó a papá Jesús?». «Tu padre era muy trabajador
—le diría Carolina— y Jesús se lo llevó porque
hay mucho que hacer en el Paraíso».
Han pasado dieciséis años desde la muerte de
Stefano, ocho desde que Carolina, vestida completamente
de negro, diera el último adiós a su
suegro Giancarlo —murió el mismo día que ella
celebraba su cuarenta y un aniversario— en el
«reino» de los Casiraghi, y más de dos décadas
desde que Stefano descubrió para ella este rincón
del mundo. Ahora, con cuarenta y nueve años,
Carolina vuelve como princesa de Hannover, vestida
de beige y rosa, para asistir a una celebración
alegre. La princesa lo ha conseguido. Pletórica en
su madurez, la hija de Raniero y Gracia ha demostrado
que entre familias bien avenidas lo que menos
importa son los apellidos que uno lleve.