El Principado de Mónaco ha sido, sin duda, la razón de la existencia del príncipe Raniero, que ha buscado, durante toda su vida, convertir el peñón en un reino soñado.
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El soberano había crecido sin el calor de un verdadero hogar, en internados y entre servidores ceremoniosos, y nunca olvidó la causa de aquella infancia y aquella adolescencia triste: el divorcio de sus padres.

30 MARZO 2005
El Principado de Mónaco ha sido, sin duda, la razón de la existencia del príncipe Raniero, que ha buscado, durante toda su vida, convertir el peñón en un reino soñado. Un nueve de mayo de 1949, el joven Raniero accedió al Trono de Mónaco tras la abdicación de su abuelo, el príncipe Luis II, por problemas de salud. Aquel Raniero, educado en Gran Bretaña, Suiza y Francia, conocía tanto el esplendor de la Europa más aristocrática, como la dureza en tiempos de guerra (estuvo al servicio del Ejército francés como oficial de artillería durante la II Guerra Mundial). El soberano era un joven brillante que acababa de regresar del conflicto mundial como teniente condecorado con la Cruz de Guerra y Legión de Honor a título militar, circunstancia inusual en un Jefe de Estado.
Desde el momento en el que se puso al servicio de los monegascos, Raniero fue consciente de que para dar vida y luz a esa roca mediterránea era necesario emplearse a fondo en las relaciones sociales y lograr dar representación política a su reino. Así lo hizo. Con su presencia, y su trabajo por hacer de Mónaco un centro de ocio y glamour en la vieja Europa, el nombre del principado fue corriendo de boca en boca. Así, hasta el punto álgido de su fama. Algo tuvo que ver, si no todo, el amor que surgió, tras conocerse en el festival de Cannes de 1955, entre el príncipe y una de las estrellas más consagradas del Hollywood dorado: Grace Kelly. Si aquel primer encuentro tuvo lugar en mayo de ese año, unos meses más tarde fue el príncipe el que acudió a Filadelfia en fechas navideñas para encontrarse con la que creyó definitivamente la mujer de su vida.
De mano de la reina de su corazón, el príncipe Raniero vivió el cuento de hadas que anheló desde niño. El soberano había crecido sin el calor de un verdadero hogar, en internados y entre servidores ceremoniosos, y nunca olvidó la causa de aquella infancia y aquella adolescencia triste. El joven Príncipe tenía seis años cuando su madre, la princesa Carlota, duquesa de Valentinois, se divorció de su marido, conde Pierre de Polignac, después de dirigir a su padre, Luis II de Mónaco, una carta rogándole que le permitiese “buscar en lo sucesivo, con toda sencillez, la paz de su vida”. En ella añadía más adelante: “Después de haber dado a mi país los dos hijos que son la legítimaesperanza de la dinastía, creo haber cumplido con mi deber sin que la razón de Estado me condene a mantenermeen los lazos de un matrimoniocontrario a mis sentimientos, en nombre de intereses políticos, cuya responsabilidad me temo que no tendré la fuerza nunca de asumir. Lamento profundamente la pena que mi petición va a causar a Vuestra Alteza, pero mi deber me ordena este sacrificio...”. A la carta seguía una abdicación en regla de la princesa Carlota a favor de Raniero y, en su defecto, de la princesa Antonieta. El divorcio fue pronunciado por Orden del 18 de febrero de 1933. Atrás quedó el mal sabor de aquellos años... La historia de amor, que a continuación pasamos a detallar, de Raniero con la bella Grace logró borrar la infelicidad de su juventud y construir la imagen de reino de cuento del Principado de Mónaco. Su otro gran amor.
Prohibida su reproducción total o parcial. ©2008 Hola, S.A.
La gran historia de amor en el pequeño Principado
I.
El príncipe Raniero: en busca de un sueño
III.
Raniero viaja a
Estados Unidos
V.
La divertida travesía hasta Mónaco
IX.
Los años más felices
de Gracia