La princesa Yasmine, esposa de Reza II, no puede contener las lágrimas durante el entierro de Leila, el 16 de junio de 2001
Viva imagen del desconsuelo, se vuelca sobre el feretro de su hija, sobre el que Yasmine ha colocado una caja en forma de corazón
9 OCTUBRE 2003
Leila
—¿Llegó alguna vez a pensar que la vida de su hija Leila se le iba de las manos y no podía hacer nada para salvarla?
—Eso es algo que me pregunto todos los días de mi existencia, porque la tengo siempre presente. Hay
muchas cosas cotidianas que me la recuerdan: las revistas que solía leer, las chicas de su edad que pasean por la calle, los amigos, las fiestas, las flores que le gustaban, el olor de un café, el sitio donde le gustaba estar en casa, las fotografías..., todo esto me lleva a preguntarme una y otra vez: «¿Qué pude haber hecho?». Pero intento no hacerme esta pregunta continuamente, porque me destruye, y ella ya no está. Me digo cosas para consolarme, pienso que Leila será muy feliz allí arriba y que fue su elección de vida. Su muerte me unió a muchos iraníes con distintas ideas políticas, y personas anónimas dejan flores en su tumba. Sentí que a gran parte de mis compatriotas les afectó mucho su muerte. Algunos fueron al palacio y encendieron velas en su nombre. Revistas que hasta entonces estaban prohibidas en Irán, cuando recogieron la muerte de mi hija y pusieron su fotografía en la portada, las dejaron circular.
—Hablando de sus hijos. ¿Con qué frecuencia los ve?
—Los veo cuando voy a Estados Unidos, porque la casa de mi hizo Reza está muy cerca de la mía. Mi hija vive en Nueva York y mi hijo pequeño en Boston. En otras ocasiones, si estoy en París, vienen mis nietas a verme, porque les encanta estar conmigo en vacaciones. Y desde luego, hablamos mucho por teléfono.
—¿Cómo son sus nietas, Noor e Iman?
—Son la parte más divertida de mi vida. Estoy muy orgullosa de ellas. La mayor es muy inteligente, creativa y sensible; la pequeña es más tranquila. Siempre dicen que tienen una abuela muy «cool», porque cuando estoy en América o aquí en París me visto como ellas: «jeans», pantalones cargo..., y les encanta. También recibo alguna crítica, sobre todo de la mayor, que no le gusta que me maquille mucho ni tampoco que fume.
—¿Fuma mucho?
—Sí, siempre pienso que me encantaría dejarlo, pero no lo consigo. Una vez lo intenté y estuve algún tiempo sin fumar; me sentía orgullosa de mí misma, pero volví a hacerlo. Cuando mi nieta me dice que el tabaco es malo para la salud, yo le digo que todos nos tenemos que morir algún día, pero me contesta: «Sí, pero tú te vas a morir estúpidamente».