
De todas las monarquías existentes en la actualidad, la del soberano Hans Adam, es la única del mundo que no cuesta absolutamente nada a los contribuyentes y, también, la única católica de lengua alemana. Una Iglesia para la que sacerdotes son contratados por los ayuntamientos, a cargo del erario público, como funcionarios convencionales.
La tierra de Liechtenstein, de apenas 25 kilómetros de largo por seis de ancho, es un país democrático con una monarquía constitucional hereditaria. Sin ejército, sin apenas paro, con un centenar de policías y una cárcel vacía, esta ciudad alta y hermosa de los Alpes, está considerada como un emporio financiero. Como una pequeña Suiza que ha sabido cimentar su prosperidad en la discreción, la neutralidad, la fortísima identidad nacional y los regímenes fiscales. Por ello, profesan los habitantes del principado autentica devoción a todos los miembros de su Familia Real: El príncipe Hans Adam, su esposa la princesa María, el príncipe heredero Alois, casado con Sofía de Baviera, y sus hermanos, los príncipes Constantino, Maximiliano y Tatiana.