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14 MAYO 2001
Las madres dominicanas del Convento de clausura de Loeches despidieron el pasado sábado con sus cánticos de réquiem a Jesús Aguirre, décimocuarto duque de Alba y hombre excepcional. Pasaba de las cinco de la tarde cuando sus restos llegaban a este pueblo de las cercanías de Madrid, donde la familia Alba posee su panteón. Una réplica del que tienen los Austrias en el Escorial y que fue mandado construir, en 1909, por el padre de la actual duquesa, Jacobo Fitz-James Stuart.
Cayetana Fitz-James, de luto riguroso, con gafas oscuras un tanto caídas, afectada, temblorosa pero, a la vez, con un gran dominio de sí misma, se dejaba ir del brazo de dos de sus hijos: Jacobo, conde de Siruela, el intelectual, el que actuara como padrino de su boda con Jesús Aguirre, 23 años atrás; y Eugenia, duquesa de Montoro la pequeña de los Alba. La hija que más tiempo vivió al lado de don Jesús Aguirre. Detrás, Carlos, duque de Huéscar, Alfonso, duque de Aliaga, Fernando, Marqués de San Vicente del Barco y Cayetano, Conde de Salvatierra, sus nueras, Matilde y María Eugenia, -ambas separadas-y su yerno, Francisco Rivera.
El último homenaje. Todos ellos recordando las palabras que este singular personaje pronunciara nada más llegar a Liria: "Sé que no les gusto, pero ya les gustaré".
En las inmediaciones de la capilla, cientos de curiosos que pasaban del silencio a los aplausos y de los aplausos al silencio como si se hubiera escrito que así debía de ser homenajeado, en el adiós, el último duque de Alba... Uno de los grandes hombres de la cultura española, académico, escritor y teólogo, que falleció como consecuencia de una embolia pulmonar irreversible, después de luchar durante años contra un cáncer de garganta, .
Seis sepultureros ayudaron a introducir el féretro con los restos mortales de Jesús Aguirre en el piso más alto del panteón, situado en la cripta del convento. Muy cerca del nicho donde también reposan los restos del primer marido de la duquesa de Alba, Luis Martínez de Irujo. La familia, en la más estricta intimidad, dejó caer sus lágrimas y esperó a que los enterradores terminaran su trabajo. Después, apoyando el paso lento de la duquesa, salieron todos del templo y fueron recibidos, de nuevo, por el cálido arrope de cientos de aplausos. Los de un pueblo en cuyas calles, colegios y piedras, la historia grabó el nombre del ducado.
La Reina visitó la capilla ardiente en Liria
A la residencia de la familia Alba, en Madrid, se acercó durante la mañana del sábado para testimoniar su pésame la reina doña Sofía. También, entre otros muchos amigos y familiares cercanos, José María Álvarez del Manzano, alcalde de Madrid, el ex ministro Fernando Morán, Raphael y Natalia Figueroa, Aurora Bautista, Curro Romero y Carmen Tello.
Doña Sofía llegó a Liria sobre la una del mediodía y permaneció al lado de Cayetana cerca de media hora. La visita de la soberana a la capilla ardiente fue precedida por el envío de cuatro coronas con cintas en las que aparecía la inscripción de los Reyes, el Príncipe de Asturias, los duques de Lugo y los duques de Palma. Preciosas manifestaciones de color y dolor que presidían la sala donde se encontraba el libro de las firmas.
Los poemas de amor de un Académico
Don Jesús Aguirre murió a la hora de la siesta, y de los toros que tanto gustaban a Cayetana, cuando ésta estaba en Sevilla, para la duquesa el mejor lugar del mundo. Quiso ahorrarle verle extinguirse. A ella que había estado humanísimamente cerca cogiéndole de la mano mientras que él, postrado en una cama, se negaba, todavía, a dejarse vencer.
La duquesa, al parecer, había creído la mentira piadosa de que, aunque enfermo para siempre, Jesús Aguirre había vencido al cáncer y se fue al Sur a cumplir con una obligación. Entonces, el duque, que ya sabía que nunca volvería a Sevilla en primavera y que ya no podría volver a oler las buganvillas moradas, decidió que había llegado el momento. El mismo en el que, sin explicación lógica, Cayetana sintiéndose a morir, decide avisar a su médico de cabecera... El duque murió en las dulces sombras del palacio. En ese rincón al que se retiró cuando, diagnosticado el cáncer, abandonó la vida social, años después de haber escrito: "... y es que recuerdo todos tus recuerdos/sé ahora que he vivido de ellos antes/ de conocerte y que, después de muerto, sólo su tierra arropará mi cuerpo/quizá incluso recuerdes que te quiero, puede que hasta no olvides que me amas".
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