25 FEBRERO 2004
A lo largo de la historia de las monarquías, la celebración de una boda real ha conseguido paralizar, sin excepción, y aunque sólo fuera por un instante, al mundo. ¿Cómo resistirse a la puesta en marcha de tradiciones centenarias, al encuentro de una multitud de ilustres invitados, a la puesta en escena de un protocolo milenario que ahora llega, a través de las pantallas, a todos los rincones del mundo, al ambiente palaciego, y al glamour de las grandes damas con sus vestido de alta costura y sus impresionantes joyas...? Millones de ciudadanos del planeta -con la aparición de la radio y la televisión ha quedado demostrado- siguen pensando que las bodas de príncipes se sirven envueltas de magia.
El Príncipe de todos
Así, y aún faltando algo más de 80 días para la celebración de esta gran boda real e histórica, ya se da por hecho que los novios reales convertirán su historia de amor en un cuento de hadas; también, que las imágenes de sus “sí, quiero”, de sus besos, de sus lágrimas (si las hubiera) llegarán a todos los rincones del planeta.
Porque, si una boda real es ya algo excepcional para el mundo, no cabe la más mínima duda en este caso de que el “efecto nupcial” se multiplicará por cien. Millones de ciudadanos latinos del mundo sentirán, de alguna forma, que se casa “su Príncipe”. Ese atractivo joven que lleva tantos años cruzando el Océano para asistir a los cambios de Gobierno de sus naciones, para apoyar la democracia y el desarrollo de los pueblos, para potenciar la ayuda económica española allí donde hay carencias o desgracias.
Además, a la buena imagen de don Felipe de Borbón más allá de nuestras fronteras, también hay que añadir que, probablemente, no ha existido jamás una Familia Real tan querida y tan respetada en el mundo y eso cuando llegue el momento (el día 22 de mayo) prevalecerá sobre todas las cosas.
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