29 ENERO 2004
Nadie sabe exactamente quiénes son sus profesores, cuántas horas de clase tiene al día o las materias sobre las que necesita profundizar más. Nadie sabe a qué dedica sus horas de ocio, ni en qué se ocupa cuando los reyes y su prometido la dejan sola en palacio mientras ellos cumplen con su agenda oficial.
Lo que sí se sabe, sin embargo, desde ayer mismo, es que la futura Princesa de Asturias tiene unos magníficos maestros y, sobre todo, que aprende muy deprisa.
La nueva aparición de doña Letizia junto a la Reina y a su futuro esposo, el Príncipe Felipe, no tiene nada que ver con aquella joven, nerviosa y atrevida, que los españoles descubrieron en sus primeras salidas, después de ser anunciado oficialmente el noviazgo con don Felipe de Borbón; o con aquella periodista que no pudo evitar ser lo que había sido desde niña (una periodista vocacional) a la hora de dirigirse a sus ya ex compañeros. Aún tratándose de un día histórico y para la historia: el día en el que se comprometió oficialmente con el futuro Rey de España.
Un profundo cambio
doña Letizia se ha mostrado al mundo, por primera vez, como una verdadera Princesa. La ocasión: ayer noche, junto a su prometido, el Príncipe, y la Reina, en una de las últimas representaciones de la ópera Tosca de Giacomo Puccini en el Teatro Real de Madrid. Deslumbró absolutamente. Se había operado en doña Letizia un profundo cambio: de mujer a Princesa.
Llevaba por primera vez el pelo recogido. doña Letizia sustituyó su media melena desfilada con mechas castañas claras y raya al lado marcada por un favorecedor moño, tan de moda entre la nueva generación de Princesas de Europa. Un moño italiano o francés, peinado ligeramente con volumen, muy parecido a los que acostumbra a llevar la princesa Máxima -no tanto a los de Mary Donaldson que suele lucir recogidos mucho más elaborados-. Unos pendientes de platino y brillantes –dicen que se trata de uno de los primeros regalos del Príncipe-, un maquillaje muy natural en tonos rosas, unos zapatos con puntera y mucho tacón y un bolso de astracán.
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