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27 OCTUBRE 2000
Los Grimaldi han conseguido, pese a tantos contratiempos históricos y familiares, perpetuarse sobre la extensión de una roca mediterránea. Incluso en un momento de la historia en el que, a falta de un heredero legítimo, decidieron adoptar a Charlotte Louvet para garantizar, lejos del poder de Francia, la continuidad dinástica.
Raniero que, cuando subió al trono de Mónaco, 1949, no sucedió a su madre sino a su abuelo, y se conocía bien la historia de la familia, decidió –para evitar problemas constitucionales que amenazaran su reinado– promulgar una nueva Constitución. El texto, firmado por el Príncipe el 17 de diciembre de 1962, hizo de Mónaco una monarquía hereditaria y constitucional.
Las reglas de sucesión
El derecho de sucesión está consagrado y organizado por la Constitución monegasca:
1. La Corona es hereditaria en la descendencia legítima del soberano, con preferencia del varón sobre la mujer, en el mismo grado y línea, y de mayor a menor edad.
2. A falta de descendientes legítimos, es llamada a suceder la descendencia adoptiva del soberano.
3. Los consortes de una princesa heredera tomarán el patronímico Grimaldisustituyéndolo por su apellido propio. Sólo así podrán suceder los hijos de dicha unión.
4. El Príncipe heredero, previa autorización del soberano reinante, puede adoptar un niño –o niña– que forme parte de la familia, o incluso extranjero a ella, y adjudicar al adoptado todos los derechos a la Corona.
5. Siendo Mónaco un estado de confesionalidad oficialmente católica, los príncipes deben, por lógica, profesar esa religión. Las leyes civiles del Principado contemplan, sin embargo, la disolución legal de un matrimonio por divorcio.
La historia moderna y el primer caso de adopción en Mónaco
La historia moderna comienza con el reinado de Carlos III que, en 1863, abrió el primer casino, creó Montecarlo en 1866, construyó una ópera y emitió los primeros sellos monegascos.
Casado con la rica condesa Antoinette de Merode, Carlos III sólo tuvo un hijo, Alberto. Un príncipe erudito, apasionado de la exploración y de las ciencias, que pasó a la historia como uno de los mejores regentes de la historia de Mónaco.
Alberto, más obsesionado con el mar –creó el museo oceanográfico– que con el poder o las mujeres, pasó la mayor parte de su vida en un barco y no fue hasta que, decidió vivir una larga temporada en tierra firme, cuando contrajo matrimonio con Mary Victoria Hamilton, hija del duque de Hamilton y la princesa Carolina de Baden. Una preciosa mujer que, ante las ausencias de su desenamorado marido, acabó huyendo de Mónaco con su hijo, Luis II.
Alberto I, aunque contrajo segundas nupcias con Dommanget, una americana millonaria, no tuvo más descendencia y, con el paso de los años, se vio obligado a recurrir a su nieta Charlotte Louvet –hija de Luis y Marie Juliette Louvet, una cabaretera parisina– para garantizar un descendiente y evitar, de este modo, algo impensable para los Grimaldi en siglos: la reintegración de la roca en Francia.
Alberto I obligó a su hijo a reconocer a Charlotte y a adoptarla en 1919. Charlotte se casó con el conde de Polignac –conocido como Pierre Grimaldi– y tuvo dos hijos: Antoinette (1920) y Raniero, (1923).
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