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La primera sensación que tienen muchos de los viajeros que llegan a Las Palmas de Gran Canaria es envidiar el buen clima del que disfrutan sus habitantes, con una temperatura y una luminosidad auténticamente ideales. Seguro que cuando en el año 1478 el capitán Juan Rejón, por mandato de la Corona de Castilla, desembarcó en la zona de La Isleta para fundar la ciudad sintió en su piel el sol y la suave brisa marina que caracterizan a esta mítica y afortunada isla.
Todavía quedan muchos recuerdos en Las Palmas de esa primitiva fundación. Sobre todo, en el barrio de La Vegueta, en el que se alzan los edificios más antiguos de la ciudad. Construidos en su mayoría a finales del siglo XV, entre todos destacan la catedral de Santa Ana y la denominada Casa de Colón. Esta última, en la que se mezclan los elegantes elementos del arte plateresco con los más tradicionales de la arquitectura canaria, es famosa por dos trascendentales motivos: alojar al almirante Cristóbal Colón justo antes de su primer viaje al Nuevo Mundo y haberse convertido en el modelo implantado por los españoles en todas las poblaciones fundadas en América.
Las Palmas es también una gran ciudad que siempre ha estado abierta a las influencias humanas y culturales que entraban por su concurrido puerto de La Luz. Una urbe en colores, tranquila y repleta de preciosos rincones, que se distribuyen por sus otros barrios comerciales, marineros y residenciales: Triana, Santa Catalina, La Isleta y Ciudad Jardín.
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